jueves, 28 de enero de 2010

Neciamente hablando.

La RAE define “necio” como: 1. adj. Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber. 2. adj. Imprudente o falto de razón. 3. adj. Terco y porfiado en lo que hace o dice. 4. adj. Dicho de una cosa: Ejecutada con ignorancia, imprudencia o presunción.

Pues bien, el necio es ese ser que - a la fuerza - se cruza en nuestra existencia y que, a la fuerza (también) hemos de soportar, o no. A mi parecer los necios son fácilmente identificables, se trata de personas firmemente convencidas de sus creencias o de sus “verdades” y que tratan que estas “verdades” pasen a ser verdad común, pues más que opiniones lo consideran conocimiento. El necio no se replantea el por qué de sus convicciones, o ni siquiera si son o no valiosas y ni que decir tiene el hecho de que crea en su relatividad. Es aquí donde un necio puede amargarnos la existencia, intentando imponernos su propia verdad y haciéndonos ver que somos ignorantes (al menos a sus ojos). El necio te minimiza al máximo, te infravalora e incluso se ríe ante ti y tus opiniones. Pero peor que esta necedad está el dejarse abatir por ella.
Mi experiencia me dice que lo mejor para vencer a un necio no es combatir contra él, sino ignorarle. ¡Oh, la ignorancia! No hay cosa que cueste más que aprender a ignorar. Sabemos amar y odiar pero, ¿sabemos ignorar? ¿Eso puede aprenderse? Supongo que si.

Puesto que los necios nunca dejarán de existir y, lo que es más, de cruzarse en nuestro camino, deberíamos de aprender a ignorarlos. Por supuesto que a sus ojos seguiremos siendo incompetentes sin criterio, pero ¿acaso no hay mayor ignorante que el que cree saberlo todo? O, como bien dijo Unamuno “Lo sabe todo, absolutamente todo. Figúrense lo tonto que será.”

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